Elegir una solución de diseño basándose únicamente en el gusto personal puede parecer algo lógico. Quien diseña conoce las herramientas y es quien va tomando las decisiones durante el proceso. Sin embargo, la experiencia te va enseñando que los gustos propios cada vez tienen menos peso.
Diseñar consiste en resolver un problema y eso es necesario tenerlo claro cuanto antes. Para hacerlo es necesario entender a quién va dirigido el proyecto, qué objetivo persigue y en qué contexto va a utilizarse. Solo entonces empiezan a tener sentido las decisiones que se toman durante el proceso.
El criterio no siempre coincide con nuestros gustos
Como cualquier otra persona, los diseñadores también tenemos preferencias. En el estudio hay estilos que nos resultan más interesantes, recursos que disfrutamos utilizando o propuestas que, desde un punto de vista creativo, nos parecen especialmente atractivas. Eso no significa que sean las adecuadas para cualquier proyecto.
Hay sectores que requieren una comunicación mucho más sobria que otros. Una empresa industrial, una asesoría o un centro sanitario no transmiten lo mismo que una marca de moda o un estudio de ilustración. Aplicar el mismo lenguaje visual a todos los proyectos supondría ignorar aquello que hace diferente a cada uno de ellos.
Por este motivo una buena idea no es necesariamente la que más nos gusta o se ve más bonita, sino la que mejor responde a las necesidades del proyecto.
El cliente tampoco es el único destinatario
Es habitual que un cliente llegue con una idea muy concreta de cómo quiere que sea su imagen. A veces ha visto algo que le gusta y otras simplemente tiene una preferencia personal. Es una situación completamente normal y forma parte del proceso.
Nuestro trabajo no consiste en decirle que está equivocado, sino en ayudarle a ampliar el punto de vista. La cuestión deja de ser si una solución nos gusta a nosotros o al cliente para convertirse en otra mucho más importante: si va a conectar con las personas a las que realmente se dirige el proyecto.
Ese cambio de perspectiva no siempre resulta sencillo. Obliga a abandonar una idea que, en ocasiones, lleva mucho tiempo instalada en la cabeza. Hay clientes que llegan rápidamente a esa reflexión, otros necesitan varias conversaciones y, en algunos casos, el resultado termina siendo una negociación en la que ambas partes tratamos de encontrar el mejor equilibrio posible.
Cada proyecto tiene unas necesidades diferentes
Ese cambio de perspectiva que comentábamos afecta a prácticamente cualquier trabajo que realizamos. Podemos decir que es algo transversal e inherente a la profesión.
Una página web debe ayudar al usuario a encontrar la información que necesita sin esfuerzo. Una publicación editorial tiene que resultar cómoda de leer y adaptarse a la forma en la que va a utilizarse. Un logotipo puede ser mucho más discreto de lo que imaginábamos si eso ayuda a que el conjunto de la identidad funcione mejor. Incluso una tienda online debe facilitar el proceso de compra antes que sorprender con efectos visuales.
Los proyectos son muy distintos entre sí, pero todos comparten la misma idea de que el diseño está al servicio de un objetivo y no al revés.
Diseñar también es cambiar la forma de mirar un proyecto
Hay una parte del trabajo del diseñador que no suele ser visible cuando se habla de un proyecto terminado. No consiste únicamente en elegir colores, mover elementos o buscar una tipografía. También implica hacer preguntas, entender el contexto y ayudar a que todas las personas implicadas miren el proyecto desde el mismo lugar.
Cuando eso ocurre, muchas decisiones empiezan a resultar evidentes. Algunas ideas que parecían imprescindibles dejan de serlo y otras, mucho más sencillas, cobran sentido.
Pero que sea una de las partes menos visibles del diseño, no significa que no sea importante. Un proyecto no funciona porque refleje los gustos del diseñador o del cliente, sino porque responde de la mejor manera posible a las necesidades de las personas que van a utilizarlo.
Tanto es así que en ocasiones el mejor trabajo es aquel que pasa desapercibido, cumple con su cometido y ayuda a que el cliente alcance su objetivo.